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Día 4 — Dios es una porción absolutamente necesaria
Texto: «En aquel tiempo estabais sin Cristo... sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef. 2:12).
En cuarto lugar: como el Señor es una porción todo-suficiente, así el Señor es una porción absolutamente necesaria, de todo punto indispensable. La falta de una porción terrenal puede atribularme, pero la falta de Dios por mi porción me condenará. No es absolutamente necesario que tenga porción en oro, plata, joyas, bienes o tierras; pero es absolutamente necesario que tenga a Dios por mi porción.
Puedo tener unión y comunión con Dios aunque, como los apóstoles, no tenga ni oro ni plata en mi bolsa (Hch. 3:6). Puedo ser santo y feliz aunque, como Lázaro, no tenga ni un harapo que colgarme a la espalda ni una corteza seca que llevarme a la boca (Lc. 16:20-21). Puedo ir al cielo al fin y ser glorioso en el otro mundo aunque, como Job, sea despojado de toda mi gloria mundana y puesto sobre un muladar en este mundo (Job 1). Pero jamás podré ser feliz aquí ni bienaventurado después, si Dios no es mi porción. Aunque pudiera decir con verdad que todo el mundo es mío, si no pudiera decir con verdad que el Señor es mi porción, no sería sino miserable bajo todos mis goces mundanos. Tener a Dios por mi porción es absolutamente necesario, porque sin ello estoy perdido para siempre jamás (Ef. 2:12). En ese versículo hay varios «sin»: los que estaban sin Dios en el mundo, estaban sin Cristo, sin la iglesia, sin el pacto, sin la promesa y sin esperanza en el mundo; y por tanto, tales personas han de estar en la más triste y deplorable condición.
Primero: en relación con el alma y la salvación, Dios es la porción más absolutamente necesaria. Si Dios no es mi porción, mi alma jamás podrá gozar comunión con Él en este mundo; si Dios no es mi porción, mi alma jamás podrá ser salva por Él en el otro mundo.
Segundo: cuando los pecadores están bajo terrores y horrores de conciencia —despertada y convencida de la vileza de su naturaleza, del mal indecible que hay en el pecado, sí, en el menor pecado, y de su estado perdido y miserable fuera de Cristo—, ¡oh, entonces! ¿qué no darían por tener a Dios por su porción? Entonces darían todo el oro y la plata del mundo por tener a Dios por su porción; darían «millares de carneros, diez mil arroyos de aceite»; sí, darían a su primogénito, el fruto de sus entrañas, por tener a Dios por porción de sus almas (Mi. 6:6-7). Entonces dirían, como Mefi-boset al rey: «Deja que Siba lo tome todo, con tal que mi señor el rey haya vuelto en paz a su casa» (2 S. 19:29-30). Bajo la angustia de la conciencia, los pobres pecadores claman: ¡Oh! ¡Tome quien quiera nuestras honras, nuestras haciendas, nuestros tesoros, nuestras tierras y nuestras bolsas, con tal que tengamos a Dios por nuestra porción! ¡Con tal de tener a Dios por porción, no nos importa un ardite quién se lo lleve todo! ¿Y qué proclama esto, sino que de todas las porciones, Dios es la más absolutamente necesaria?
Tercero: en el lecho de muerte, el pecador despierto pone el precio, el valor y la estima más altos en los que tienen a Dios por su porción. Entonces estima al santo harapiento que tiene a Dios por porción por encima del emperador impío en sus vestiduras reales, que solo tiene al mundo por porción. Cuando la muerte llama a sus puertas, y la conciencia se sobresalta, y el fuego del infierno relampaguea en sus rostros, y el gusano interior comienza a roer, ¡oh, entonces! si todo el mundo fuera un lingote de oro en sus manos para disponer de él, lo darían todo por cambiar su condición con los que tienen a Dios por porción: «Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como la suya» (Nm. 23:10). Aunque los hombres que tienen su porción en esta vida no aman vivir la vida de los justos, cuando llegan a morir, muchas veces desean morir la muerte de los justos.
Lázaro, teniendo a Dios por su porción, al morir fue al cielo sin un harapo en la espalda ni un centavo en la bolsa; mientras que el rico, que no tenía a Dios por porción, al morir se desplomó al infierno con todas sus riquezas, galas y glorias. ¡Oh! Infinitamente mejor es ir al cielo de mendigo que ir al infierno de emperador. Y esto lo entiende el pecador cuando su conciencia llega a ser iluminada en el lecho de muerte. ¿Y qué proclama todo esto, sino la alta estima y el valor que ponen en los que tienen a Dios por su porción? De modo que, por esta triple cuenta, podemos concluir con seguridad que Dios es una porción absolutamente necesaria, de todo punto indispensable.
Para meditar: