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Día 2 — Dios es una porción inmensa

Texto: «El bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores» (1 Ti. 6:15).

En segundo lugar: como Dios es una porción presente, así Dios es una porción inmensa; es una porción vasta y grande; es la porción más grande de todas las porciones: «el bienaventurado y solo Soberano, Rey de reyes, y Señor de señores» (1 Ti. 6:15). Estas palabras son una descripción majestuosa y elevada de la grandeza de Dios. El apóstol amontona muchas palabras juntas para mostrar que en grandeza Dios excede a todo.

«He aquí que las naciones le son como la gota de agua que cae del cubo, y como menudo polvo en las balanzas le son estimadas; he aquí que hace desaparecer las islas como polvo. Ni el Líbano bastará para el fuego, ni todos sus animales para el sacrificio. Como nada son todas las naciones delante de él; y en su comparación serán estimadas en menos que nada, y que lo que no es» (Is. 40:15-17). No una nación, sino muchas naciones; sí, no muchas naciones, sino todas las naciones, en comparación con Dios, no son más que la gota de un cubo —¿y qué hay menor que una gota?— y como el menudo polvo de la balanza —¿y qué hay de menor peso y valor que el polvillo que cuelga de la balanza sin alterar jamás el peso?—. Sí, son nada; son menos que nada. Y aunque el Líbano era un bosque grandísimo y espacioso, lleno de fieras, Dios era un Dios de tan infinita grandeza que, aunque todas las fieras de aquel majestuoso bosque fueran degolladas y toda su madera cortada para quemarlas con ella, todo ello no haría un sacrificio en modo alguno digno ni proporcionado a la grandeza de Aquel con quien tenían que ver.

Y así en el Salmo 147:5: «Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito» —o como lo tiene el hebreo: «de su entendimiento no hay número». Tal es su grandeza, que conoce no solo todas las clases y suertes de cosas, sino aun todos los particulares, aunque excedan todo número. Salmo 145:3: «Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es inescrutable» —o como lo tiene el hebreo: «de su grandeza no hay escudriñamiento». Dios está infinitamente por encima de todo nombre, toda noción, todo concepto, toda expresión y todo paralelo. Salmo 150:2: «Alabadle por sus proezas; alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza». Y Deuteronomio 10:17: «Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible».

Dios es la causa original de toda grandeza. Toda la grandeza que hay en las criaturas —sean ángeles u hombres— es de Dios; toda su grandeza no es sino un rayo de su sol, una gota de su mar, un óbolo de su tesoro. Dios es un Dios de tan infinita grandeza, que llena el cielo y la tierra con su presencia; está en todo lugar y sin embargo no está circunscrito a ningún lugar; está en todas las cosas, y sin todas las cosas, y sobre todas las cosas; y esto proclama su inmensidad (Sal. 139).

Job tuvo una porción muy grande antes de que Dios hiciera brecha en él: «siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas, y muchísimos criados» (Job 1:3); pero al final Dios le dio el doble de lo que había tenido al principio: «catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil asnas» (Job 42:12). El ganado se menciona porque la riqueza de aquella tierra consistía especialmente en ganado; pero sin duda Job tuvo muchísimos otros bienes: haciendas, tierras, posesiones y majestuosas moradas. Pero ¿qué es todo esto para la porción de un santo? Ciertamente, si Job no hubiera tenido a Dios por su porción, no habría sido más que un rico necio, una bestia de oro, no obstante todas las grandezas que Dios había amontonado sobre él.

Y Asuero tuvo una porción muy grande: «reinó desde la India hasta Etiopía sobre ciento veintisiete provincias» (Est. 1:1-2). Pero ¿qué eran todas sus provincias sino tantos puñados de polvo, en comparación con la porción de los santos? Todo el imperio turco, dice Lutero, no es sino una corteza que Dios arroja a un perro. Si un hombre tuviera todo el mundo por porción, no sería más que una pobre pitanza.

Nabucodonosor tuvo una porción grandísima (Dn. 5:18-19; Jer. 27:5-8). La porción que aquí Dios da a Nabucodonosor es una porción maravillosamente grande; y sin embargo todas estas naciones que Dios le dio no eran más que tantos terrones, o tantos nidos de pájaros, comparadas con la porción de un santo. Todas las naciones no son más que la gota de un cubo, que en un momento puede limpiarse con un dedo, en comparación con Dios; no, son todas nada; pero esa palabra es demasiado alta, porque son menos que nada. Si un hombre tuviera a su mando tantos mundos como hombres hay en la tierra, o ángeles en el cielo, no serían más que tantas gotas, o tantos átomos, para la porción de un santo.

Cuando Alcibíades se jactaba orgulloso de sus tierras contiguas, Sócrates reprendió ingeniosamente su orgullo trayéndole un mapa del mundo y pidiéndole que le mostrara dónde estaban sus tierras; apenas llegarían a más que al pinchazo de un alfiler. Inglaterra, Escocia e Irlanda no son sino tres pequeñas manchas frente a los vastos continentes que hay en otras partes del mundo. ¿Y qué es entonces tu palacio, tus señoríos, tus haciendas, tu granja, tu casa, tu cabaña, sino un mínimum, un pinchazo de alfiler para Dios, que es tan grande, tan vasta porción?

¡Oh, señores! Si tuvieran el entendimiento de todos los ángeles del cielo y las lenguas de todos los hombres de la tierra, no podrían concebir, expresar ni declarar la grandeza y la vastedad de la porción de un santo. ¿Pueden contar las estrellas del cielo, o numerar las arenas del mar, o detener el sol en su curso, o resucitar a los muertos, o hacer un mundo nuevo? Entonces, y no hasta entonces, podrán declarar cuán grande, cuán inmensa porción es Dios. Si «cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Co. 2:9) —pues así ha de entenderse del evangelio—, ¡oh, cuánto menos podrán declarar las grandezas que Dios ha reservado para su pueblo en el otro mundo!

Para meditar:

¿Qué «provincias» estoy midiendo con orgullo, como Alcibíades sus tierras? ¿Qué tan grande es mi Dios al lado de mis temores?